|
Combatir el autoritarismo en un estado sin derecho
VenezuelaToday
La
sociedad venezolana se enfrenta a una experiencia
límite, por cuanto el gobierno revolucionario
“bolivariano” de Hugo Chávez Frías ha logrado demoler
las instituciones que antes controlaban al Poder
Ejecutivo, tales como el Congreso, la Corte Suprema, y a
la Fiscalía General de la República, y ha colocado en su
lugar a una Asamblea unicameral y a un Tribunal Supremo
controlados estrechamente por el chavismo duro.
Aunque Chávez
convenció inicialmente a los venezolanos de que la suya
era una revolución pacífica, la oposición ha ido
creciendo de una manera continua, pues la gente ha
comprendido que, a pesar de su máscara, la ideología del
Presidente tiene sus fuentes en las teorías extremistas
del Siglo XX, en su versión iberoamericana, y por eso
sus métodos de gobierno tienden a hacer tabla rasa de
toda nuestra cultura y son en definitiva ruinosos para
el país.
Como
candidato, Hugo Chávez defendió la tesis de convocar a
una constituyente, con el fin de crear un nuevo marco
jurídico para llevar a cabo la renovación radical de la
sociedad venezolana. Durante la contienda electoral, en
una reunión con un grupo muy reducido de personas, tuve
la oportunidad de advertirle que un proceso
constituyente, en una atmósfera revolucionaria, así
fuera pretendidamente pacífico, podía terminar como el
de la Asamblea francesa de 1789, es decir, con el
Terror; y, aunque él se defendió, alegando que nuestra
Constituyente sólo estaría integrada por especialistas
que realizarían sus labores sin participar en la
agitación de los asuntos políticos cotidianos, se
abstuvo de responderme cuando le insistí en repetidas
ocasiones que nos explicara cuál era su ideario en
materia constitucional.
Comprendí
después la razón de su silencio: habiendo sido golpista
por vocación, casi desde su ingreso a la Escuela
Militar, pasando por el golpe de estado fallido del 4 de
febrero de 1992, Chávez no había podido desvincularse
del drama de todo revolucionario que, al querer
transformar radicalmente la sociedad, cae
inevitablemente en la imitación de los viejos modelos de
un pasado remoto, siempre inadecuados. Y así como Marx
agudamente observaba que los revolucionarios franceses
habían cumplido su papel de destructores del antiguo
régimen, disfrazados de romanos, Chávez ha querido
disfrazarse de Bolívar y de los patricios que, en 1810,
insurgieron contra el Imperio español y, no contentos
con independizar a Venezuela, invadieron otras
provincias españolas de América y lograron “liberarlas”
una tras otra, e incluso estuvieron a punto de atacar al
Brasil imperial, aliados con los republicanos
argentinos.
Naturalmente,
para el revolucionario Chávez los enemigos de Bolívar
han cambiado. Ahora se trata de los “oligarcas” de
todos los países de América; y sus aliados –muchos de
ellos reclutados en el Foro de Sâo Paulo-, son los
indios
del
Brasil y de la Cordillera de los
Andes, así
como los narcoguerrilleros colombianos.
Aunque en las
elecciones que lo llevaron al poder, Chávez no ganó de
una manera aplastante, después de tomar el poder, en
comicios sucesivos, obtuvo una mayoría importante,
independientemente de las irregularidades del Consejo
Electoral y de las triquiñuelas de la empresa española
Indra, quien manejó todas las elecciones realizadas
hasta ahora, de manera satisfactoria para el caudillo
tropical.
Sin embargo,
una vez elegido, fiel a su propósito revolucionario, que
nunca ha ocultado, después de asumir la presidencia, ha
seguido comportándose como un jefe golpista y como un
agitador popular que, proclamando la libertad de
expresión y aparentando renunciar a los métodos
tradicionales de los dictadores, ha intimidado a cada
uno de sus adversarios y ha tratado de acallar a los
medios de comunicación social, acosando a sus
propietarios y también en forma directa a muchos
comunicadores sociales.
Una de las
mayores perversiones del chavismo, que tiene confundida
a la comunidad internacional, incluyendo a la OEA, al
Departamento de Estado y a los gobiernos europeos, es la
desnaturalización de la ley fundamental, es decir, de la
constitución, eliminando de paso todo el estado de
derecho.
En efecto, la
doctrina adoptada por el Tribunal Supremo de manera
oficial es que la interpretación de las normas
constitucionales debe hacerse de conformidad con las
necesidades cambiantes e imprevisibles del “proceso
revolucionario”, poniendo término así, sin disparar un
tiro, y sin incurrir en sanciones internacionales, al
principio básico de la democracia, según el cual los
gobernantes están sometidos a las leyes.
Esa doctrina
ha tenido muchas aplicaciones nefastas, que la comunidad
internacional ignora. Cito, a título de ejemplo, la
sentencia por medio de la cual el Tribunal Supremo
decide que, si bien los tratados internacionales, de
acuerdo con la Constitución vigente, privan sobre las
leyes locales, nunca una sentencia emanada de un órgano
jurisdiccional extranjero puede contrariar lo dispuesto
por el propio Tribunal Supremo, violando así los mismos
tratados que dice respetar.
La referida
decisión a su vez está en sintonía con el
desconocimiento de las elecciones de la Confederación de
Trabajadores de Venezuela (CTV), que permitieron
relegitimar a su actual junta directiva. En
consecuencia, nuestro gobierno se niega a negociar los
contratos colectivos y los reclamos que les presenta
nuestra confederación obrera más importante, en un
momento de gran agitación económica, política y social,
contrariando varios tratados internacionales suscritos
por Venezuela desde hace más de 60 años, así como muchas
otras resoluciones de la O.I.T., y pretendiendo de esa
manera que los sindicatos y las federaciones y
confederaciones sindicales no pueden realizar libremente
sus elecciones, sino que deben recurrir al Consejo
Nacional Electoral, controlado estrechamente por nuestro
gran caudillo.
Finalmente,
me permito citar un último ejemplo: por razones más que
justificadas se han introducido más de 14 demandas
judiciales contra Hugo Chávez Frías, alegando varias de
sus frecuentes violaciones de la Constitución y de las
leyes. Sin embargo, el Fiscal General de la República
–un hombre al servicio de Chávez -, ha impedido que esas
demandas pasen a ser conocidas por el Tribunal Supremo.
De esta manera, es imposible obtener ninguna sentencia
condenatoria de nuestro presidente, frustrando así uno
de los más elementales derechos humanos, a saber, el de
hacer valer en justicia sus derechos y garantías
constitucionales.
La razón de
todas esas sinrazones es elemental: el chavismo nunca
quiso tener una constitución. Esta ha sido apenas el
instrumento para destruir la llamada IV República y no
pasa de ser una constitución de papel. Chávez quiere
convertir todas las “instituciones” en instrumentos de
su política revolucionaria. Por ese motivo, es un
absurdo que la comunidad internacional pretenda que en
Venezuela sólo puede combatirse al gobierno de Chávez de
una manera institucional. Si, de acuerdo con su
ideología, - mitad fascista, mitad comunista -, nuestro
caudillo destruyó todas las instituciones ¿Cómo aplicar
los recursos consagrados teóricamente en la constitución
y en las leyes? ¿Hubiera sido posible salir de Hitler o
de Mussolini por un medio institucional? Evidentemente,
no. El método que utilizaron Franklin D. Roosevelt y
Winston Churchill puede estudiarse en la historia de la
segunda guerra mundial.
No pretendo
que los venezolanos debamos alzarnos en armas contra el
actual gobierno, pero me parece que la comunidad
internacional debe comprender que estamos en estado de
necesidad desde el punto de vista ético y político, y
que si bien tenemos reductos de libertad, se trata de
una libertad amenazada, pues la violencia verbal ya se
ha convertido en violencia física. La reciente masacre
de civiles pacíficos y entusiastas, cuando terminaban la
manifestación pública más grande de nuestra historia,
así lo demuestra.
Sin
embargo, varios prestigiosos órganos de prensa
internacional quieren comprender lo ocurrido como un
golpe de estado frustrado, pues así eluden la tragedia,
evitando conocer el fondo de una verdad incómoda, como
hábiles abogados que opusieran a una apremiante petición
de alimentos varias excepciones formales...
|